Descubriendo lo infraordinario, Georges Perec
Numerosas son las referencias que hace Bolaño en sus obras a Perec y a muchos otros escritores franceses, miembros todos ellos de la llamada literatura potencial, esa literatura, esos escritores que rompen con los modelos tradicionales anteriores, se alejan de las corrientes historicistas y se plantan, desnudos, ante la literatura, desafiantes, con la intención de saber hasta dónde pueden llegar apoyados en su capacidad creativa e imaginativa. (Qué larga esta frase, que no se repita). Por ejemplo esta mención: «Georges Perec es, sin duda, el novelista más grande de la segunda mitad del siglo XX.»
(Roberto Bolaño, en una carta a Enrique Vila-Matas)
Este libro me evoca, a partir de las referencias de la propia editorial, la búsqueda de los infraleves que en su momento planteó Marcel Duchamps. Eso que se capta mientras desaparece. Sensaciones cambiantes, lo que está en el “aire” pero se percibe aún sin verse…
«Lo que ocurre cada día y vuelve cada día, lo trivial, lo cotidiano, lo evidente, lo común, lo ordinario, lo infraordinario, el ruido de fondo, lo habitual, ¿cómo dar cuenta de ello, cómo interrogarlo, cómo describirlo?» Bajo los atentos ojos de Perec descubrimos el lento avance de unas obras que convierten una calle mísera en otra más moderna, comprendemos por qué Londres encanta aunque no sea encantador o asistimos a una descripción tan minuciosa de la mesa de trabajo del escritor que el propio acto se asemeja a una autopsia de lo real. La materia de Lo infraordinario son los cimientos que sustentan la literatura, la observación apasionada y asombrada de lo usual, el cuestionamiento de lo que parece incuestionable; son los paseos de un escritor que trata de ver la realidad con ojos de recién llegado y que pinta una y mil veces el mismo cuadro, como un impresionista.
Georges Perec nació en París en 1937. Fue el único hijo de Icek Peretz y Cyrla Szulewicz, ambos judíos polacos emigrados a Francia en la década de los veinte. Su padre, que se alistó como voluntario del ejército francés durante la Segunda Guerra Mundial, murió en la contienda. En 1941 el pequeño George fue enviado por su madre a la localidad de Villard-de-Lans en un tren de la Cruz Roja, siendo bautizado con el nombre francés de «Perec». Poco después, Cyrla fue apresada por los nazis a causa de su sangre judía y murió en 1943 en el campo de concentración de Auschwitz. Perec pasó el resto de la guerra al cuidado de sus tíos paternos, que en 1945 lo adoptaron formalmente. Mientras estudiaba Historia y Sociología en la Universidad de la Sorbona comenzó a colaborar con algunas revistas literarias, como La Nouvelle Revue Française y Les Lettres Nouvelles. En 1960 se casó con Paulette Petras, con quien se trasladaría a Sfax, en Túnez, ciudad en la que vivieron un año y en la que ella trabajó como profesora. En cierto modo, esa relación sirvió de inspiración para su primera novela, Las cosas (1965), retrato de una sociedad dominada por los objetos y por las modas, que se alzó con el Premio Renaudot. Pronto vendrían obras del calado de Un hombre que duerme (1967) —que próximamente publicará Impedimenta, y que Perec convirtió con los años en su primer proyecto cinematográfico—, y sobre todo de La desaparición (1969), en la que desarrollaba una compleja trama de intriga con la particularidad de que en toda la novela no se utilizaba la letra «e», la más usual en lengua francesa. Curioso irredento, aficionado a los experimentos lingüísticos, a los puzzles y las enumeraciones —algunos de cuyos ejemplos más sublimes se recogen en Lo infraordinario, publicada póstumamente—, Perec formó parte del grupo literario parisino OuLiPo (acrónimo de Ouvroir de Littérature Potentielle), dirigido por Raymond Queneau y François Le Lionnais, y al que también pertenecía Italo Calvino. Fue precisamente a Queneau —que desgraciadamente había muerto poco antes— a quien Perec dedicó la obra que supondría su consagración, La vida, instrucciones de uso (1978), monumental fresco posmoderno de la vida parisina, repleto de referencias culturales y dotado de una insuperable fuerza narrativa, que le valió el prestigioso Premio Medicis. En 1981 viajó a Australia para trabajar en la Universidad de Queensland, lugar donde se entregó a la escritura de su última obra, inacabada, 53 días. Poco después de su regreso de Australia se le diagnosticó un cáncer de pulmón, del que murió un año después en la ciudad de Ivry.


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No he tenido oportunidad de leer a Georges Perec, si bien lo conocía como personaje (especialmente por su participación en OuLiPo). Gracias por este post, me da ganas de leer algo suyo pronto.