Un detalle cinematográfico de Bolaño
La prosa de Bolaño es ágil, directa, envolvente. El uso que hace del estilo directo libre es sumamente atractivo y atrayente. No lo notas casi, te va llevando entre sus palabras discurriendo sin esfuerzo entre los pensamientos, acciones, emociones, conversaciones de sus personajes con absoluta facilidad y casi no te das ni cuenta. La vida en su dimensión más rutinaria y digamos que normal adquiere una nueva dimensión. Podemos palpar ese momento constante y sencillo del discurrir siempre en primera persona de los personajes. Los libros entran en la vida con absoluta normalidad y forman parte permanente del contenido literario. Y casi no pasa nada. Sólo hay un vivir y un sentir guiando a los personajes de la novela de autoficción constante.
Y esa no acción es la que te va ganando y te atrapa. Los mejicanos perdidos en Méjico tiene ese punto de iniciación en la vida de Juan García Madero. En ese trimestre último de 1975 toma sus decisiones más importantes en cuanto a su destino personal. El amor le va llevando de unos brazos en otros y en el momento final hay un coche con la puerta abierta y el motor en marcha. Por un instante entra la duda. Pero hay que decidirse…
Escuché voces, me llamaban, a mi lado pasó el coche de Quim, vi la silueta de Alberto que bajaba del Camaro y de un salto estaba junto al coche en donde iban mis amigos. Sus acompañantes, sin bajarse, le gritaban que rompiera una de las ventanas del Impala. ¿Por qué no acelera?, pensé. El padrote de Lupe empezó a patear las puertas. Vi a María que avanzaba por el jardín hacia mí. Vi las caras de los matones en el interior del Camaro. Uno de ellos fumaba un puro. Vi el rostro de Ulises y sus manos que se movían por el tablero de mandos del coche de Quim. Vi la cara de Belano que miraba impasible al padrote, como si la cosa no fuera con él. Vi a Lupe que se tapaba la cara en el asiento trasero. Pensé que el vidrio de la puerta no iba a resistir otra patada y de un salto me vi junto a Alberto. Luego vi que Alberto se tambaleaba. Olía a alcohol, seguramente ellos también habían estado celebrando el fin de año. Vi mi puño derecho (el único libre pues en la otra mano llevaba mis libros) que se proyectaba otra vez sobre el cuerpo del padrote y en esta ocasión lo vi caer. Sentí que me llamaban de la casa y no me volví. Pateé el cuerpo que estaba a mis pies y vi el Impala que por fin se movía. Vi salir a los dos matones del Camaro y los vi dirigirse hacia mí. Vi que Lupe me miraba desde el interior del coche y que abría la puerta. Supe que siempre había querido marcharme. Entré y antes de que pudiera cerrar Ulises aceleró de golpe. Oí un disparo o algo que parecía un disparo. Nos han disparado, hijos de la chingada, dijo Lupe. Me volví y a través de la ventana trasera vi una sombra en medio de la calle. En esa sombra, enmarcada por la ventana estrictamente rectangular del Impala, se concentraba toda la tristeza del mundo. Son fuegos artificiales, oí que decía Belano mientras nuestro coche daba un salto y dejaba atrás la casa de las hermanas Font, el Camaro de los matones, la calle Colima y en menos de dos segundos ya estábamos en la avenida Oaxaca y nos perdíamos en dirección al norte del DF.


Blog compatible con Dispositivos Móviles.