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Santiago Alba Rico (II). Leer con niños.




leer con niños Como decíamos ayer (Santiago Alba Rico (I). Leer con niños.)

“Uno echa de menos las presencias, aún incluso de los ausentes que no han estado presentes. Los huecos en tu vida también existen y los conoces. Últimamente me pasa cada vez más, uno va conociendo gente que consideras importante, necesaria en tu vida, pero que como la vida misma pasa…. Pasa la vida…”.

Kiko Veneno en su disco “échate un cantecito” tiene una canción titulada “Echo de menos”… que comienza así

“Echo de menos
la cama revuelta
ese zumo de naranja
y las revistas abiertas.
En el espejo
ya no encuentro tu mirada
no besos en la ducha
ni pelos, ni nada.

Entre nosotros
un muro de metacrilato
no nos deja olernos
ni manosearnos.

Y por las noches
todo es cambio de postura
encuentro telarañas
por las costuras.”

Y me pregunto cómo se puede echar de menos a alguien que pasó por tu vida en una conferencia, y una frugal comida, a la que probablemente ni siquiera tomara tu presencia como existente, …mientras tú la has tomado como voraz , devoradora, …con ese miedo “Me devora / mi miedo devorador / a ser devorado / por tu miedo devorador / a que te devore.” que cantaba Veneno en 1977.

Pero los hechos son des-hechos. Los des-encuentros son encuentros desencontrados.



Así que continuamos con Santiago Alba Rico y su libro leer con niños… No puedo evitar colocar este post dentro de nuestra sección titulada [primera plana] , en la que transcribimos los inicios , los primeros párrafos de algunos de los libros que me han llamado la atención por alguna razón. Vamos a ello, voy a transcribir parte del primer párrafo de “Leer con niños”, concretamente el que ocupa toda la primera página de su introducción, dónde lo interrumpiré:

“Cuando nació Lucía en 1992, vivíamos en el Cairo y la potencia inmensa de esa pequeñez eclipsó y redujo al silencio a una de las ciudades más populosas y más uidosas del mundo. No porque Lucía fuese muy bonita, que también, sino porque era sobre todo muy gritona. Diminuta, frágil, siempre en huega de hambre, parecía agarrada a la tierra sólo con los ojos con la voz. Dormía poco y lloraba mucho, con tanta energía, continuidad y frecuencia que el brutal horizonte acústico del tráfico retrocedía al poso sin relieve de un modesto cuchicheo. Mientras su madre trabajaba fuera de casa, yo trataba en vano de contener su llanto y un día en mi desesperación -elgesto revela el grado de emergencia- decidí leerle a Dante. Con Lucía apoyada en una sola mano, sosteniendo en la otra la bellísima edición homeopática de Ulrico Hoepli, me movía a grandes zancadas por el cuarto, como una balaza equilibrada entre dos pesos minúsculos, mientras desgranaba en voz alta los versos de La Divina Comedia. La combinación tuvo un efeco ansiolítico inmediato, para ella y para mí, y pocos minutos después pude seguir leyendo sentado al lado de la cuna, desde donde Lucía me miraba, atontada por mi voz y con un brochazo ya de sueño en las pupilas. A partir de entonces y sin ningún escrúplo utilicé contra mi hija la más dura de las drogas; en esos primeros seis meses de su vida, en efecto, cada….”


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